viernes, 7 de marzo de 2008

Perugia Capítulo XXI: Cómo decirte...

Sé que soy un pesado. Que en vez de hablar del Erasmus sólo hablo del Atleti y de Lost. Pero oye, cada tonto con su tema. Lo que no puedo pasar por alto es un artículo como el último de Hernan Casciari en su blog (cojonudísimo por cierto) sobre Lost. Así que no tengo más remedio que reprocirlo integramente aquí e insistiros acaloradamente en que os hagais seguidores de su blog. Aquí está el artículo original. ¿Que no te gustan las series? Pues nada, ¿qué mejor momento que este para que empieces a madurar un poquito? Allá vamos...

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El espectador de Lost es un cornudo feliz

A estas alturas, después de setenta capítulos devorados tres años, ya soy un experto en esperar que vuelva Lost. Ya no siento ese dolor punzante en las tripas, ni me muerdo las uñas. Y es que, en todo este tiempo, nuestra relación ha madurado mucho. ¡Ah, me acuerdo cuando acabó la primera temporada, qué desazón más grande!

Me quedé con los ojos como huevoduros, viendo cómo Jack y Locke abrían por fin la puerta secreta y la cámara bajaba hacia el negro más profundo. Y después nada: cuatro meses enteros de ansiedad, de conjeturas y abstinencia.

La primera temporada de Lost fue como el inicio de un noviazgo salvaje. Como esos amores a primera vista en donde sólo cabe pensar que la vida será siempre maravillosa y que nada, en todo el mundo, nos sacará del paraíso. Acción, suspenso, misterio… Pero entonces, un día cualquiera, ella, la mujer amada, nos dice: Corazón, tengo que irme cuatro meses a estudiar a Suiza, ¿me esperas? Y el mundo se viene abajo. Pero no el amor.

Y nos quedamos esas dieciséis semanas como estúpidos, pensando en el día exacto en que volveremos a sus brazos. La distancia, en vez de dar respuestas, nos llena de nuevas preguntas: ¿pensará ella en mí?, ¿qué hacía un oso polar en una isla del Pacífico?, ¿se habrá acostado con algún estudiante de intercambio?, ¿qué misterios esconderán Los Otros...? Intentamos distraernos, salir a la calle, ver a otras mujeres, pero nada tiene sentido sin sus besos. Vemos tres o cuatro episodios de CSI, coqueteamos con Grissom, pero nada es lo mismo si nos faltan los apodos de Sawyer. Nuestra cabeza está en otra parte, en la brisa de la isla, lejos, en un futuro que nunca había tardado tanto.

Y entonces, un día, suena el timbre y vemos el primer episodio de la segunda temporada. ¡Qué dicha más grande, cuántos abrazos! Volver a ver un nuevo episodio después de tanto tiempo es como tocar el cielo con las manos. Es tan grande la necesidad de Lost que no importa que las nuevas tramas no traigan consigo ni una sola respuesta a las viejas preguntas. Ni una. Como cuando regresa de Suiza la novia amada y no nos quiere contar qué ha hecho, con quién ha estado, si ha conocido a alguien. Y además llega con el pelo corto y fumando Lucky Strike. Mala cosa. Pero no nos importa, claro que no, mientras esté otra vez en casa, sana y salva. Le perdonamos el silencio porque la amamos.

La amamos tanto, y ella a nosotros, que un buen día decidimos vivir juntos, ser una pareja formal, y entonces comienza la rutina del amor. Descubrimos en ella algunos defectos: deja las ollas sucias sin remojar, abre nuevas incógnitas sin cerrar las anteriores, aprieta la pasta de dientes por adelante, aparece una imagen del gordo Hugo en un flashback de Sayid, no sabe cocinar un huevo frito, hace uso abusivo del humo negro… Pero no nos importa: estamos enamorados.

La segunda temporada de Lost es un matrimonio entre la serie y el espectador. El salvajismo del amor le ha dejado paso al disfrute de las pequeñas cosas, a la caricia velada y al café con leche por las mañanas de domingo. Ya sabemos que nada es tan perfecto en la pareja, que hay muchos flashbacks que no tienen sentido aparente, que hay roces y gestos desganados...

Pero nadie nos quita del sofá los jueves por la noche. Estamos cómodos en casa, es bueno sentir el calor del otro cuerpo, aunque no nos creamos que Walt haya crecido tanto. Somos una pareja estable.

Y entonces ocurre la primera crisis. Al final de la segunda temporada, justo cuando Los Otros atrapan a cuatro de nuestros mejores náufragos, ella nos dice: Necesito espacio, me voy a casa de mamá unos meses para pensar mejor... Y otra vez nos deja solos en casa, sin entender que va a pasar con nuestras vidas, ni tampoco a dónde se ha ido Michael en ese barco tan pequeño.
Pero nosotros ya no somos aquel novio primerizo que no sabe qué hacer sin el amor de su vida. En este segundo impás nos sentimos vivos, andamos en calzoncillos por toda la casa, disfrutamos la soltería... Y un día conocemos a
Heroes (la abstinencia absoluta es difícil) y le ponemos los cuernos a Lost mientras está ausente. Heroes es una serie intensa, hay gente que vuela, señoritas que se caen de los puentes y no se hacen nada, policías telepáticos, japoneses simpatiquísimos. Heroes es una adolescente con ganas de experimentar en la cama. Aprendemos con ella cosas nuevas, nos sentimos inmortales. Tenemos una amante más joven, ¡ah!, qué maravilla es la vida, qué fabulosa la televisión yanqui.

Pero una tarde de domingo, mientras estamos con Heroes en la cama, justo en medio del clímax, nos equivocamos de nombre y le decimos Lost. “Ah, sí, sí, Lost, un poquito más abajo, ahí, en la escotilla”. Y Heroes se pone como loca, se levanta de la cama y se va dando un portazo. Mucho no nos importa, porque desde el episodio once se estaba poniendo bastante pelotuda, con muchas explosiones y tramas cruzadas que no iban a ninguna parte.
Como por arte de magia, a la semana siguiente vuelve a casa
Lost y sólo al verla, no antes, justo cuando aparecen en pantalla las primeras escenas, descubrimos cuánto la habíamos echado de menos.

La tercera temporada de Lost es la esencia del amor de pareja. Ha quedado tan lejos el oso polar, las primeras incógnitas, los subidones de adrenalina, la falta de respuestas… Todo es tan lejano y a la vez está allí, sin condiciones. La tercera temporada es una mujer madura que ya ha vivido todas las vidas y ha regresado a nosotros por elección final, por voluntad superior.
Las historias son más pequeñas y nos devuelven los sueños. Y esta vez sabemos, además, que nada es para siempre.


El último abandono no duró tres o cuatro meses, como los anteriores. Esta vez fue casi un año entero sin un nuevo episodio de Lost. Pero como dije, ya soy un experto en esperar que vuelva. Cuando me siento triste miro capítulos viejos y recuerdo los antiguos besos, las primeras caricias; o entro a los foros de Internet para escuchar a otros hacer conjeturas. Que todos están muertos y la isla es El Limbo, que se trata de un universo paralelo y el avión no cayó en este mundo, que la isla es una segunda oportunidad para seres desdichados. Que Hugo es Dios. ¡Cuántas cosas se dicen por ahí, y qué poco me importa!

Ahora que ya ha comenzado la cuarta temporada, yo estoy muy tranquilo. Sí, es verdad, he mandado las sábanas a la tintorería para que huelan mejor, y compré vajilla moderna para el desayuno, y estuve haciendo un poco de ejercicio para que, cuando ella llegue, no me vea descuidado. Pero no estoy ansioso. Ni siquiera le he preguntado a dónde ha ido en estos meses, ni por qué se mueve tanto la cabaña de Jacob, ni cuánto tiempo piensa quedarse esta vez en casa. No. No haré preguntas. Ella, a cambio de mi ingenuidad, a veces me regala polvos monumentales como el del viernes pasado.

La cuarta temporada de Lost es el amor puro entre una historia y su espectador, ese mismo amor fundamental que se explica en el Nuevo Testamento y al que muy pocas almas pueden acceder. Es el amor que todo lo sufre, que todo lo cree, que todo lo espera, y que todo lo soporta. Como el amor de Penélope y Desmond. Yo creo en Lost cuando me dice la verdad, pero también amo a Lost cuando me miente. Y cada vez que se va de casa sin decir nada, soporto su ausencia como un hombre. Y cuando vuelve, como ha regresado ahora por cuarta vez, abro el mejor champán y espero, a oscuras, que entre a casa y me engañe de nuevo.

Hernan Casciari

sábado, 1 de marzo de 2008

Perugia Capítulo XXI: Sábado de Resurrección


Por las ganas que no puedo contener,

porque mi sangre está siempre presente,

por las emociones que me hace sentir,

el fútbol es mi pasión, mis ganas de vivir...


*** Gracias, Kun ***

miércoles, 27 de febrero de 2008

Perugia Capítulo XX: Tras la tempestad, ¡la segunda oleada!

(En construcción...)

Como se veía venir, el post anterior se quedó en construcción eternamente. Pero ese post pertenece ya a otra era. Una era en la que había que estudiar, que preocuparse por exámenes, por conseguir apuntes, por horarios... Una era en la que hacía frío y la primavera se veía aún muy lejana. Una era en la que había que echar la vista atrás a tu vida real y preocuparte por convalidaciones de asignturas y demás cosas de gente responsable. Una era en la que se pasaba más tiempo en casa que en la calle con amigotes. Afortunadamente esa era ya es historia y puedo gritar bien alto que se da por inaugurada lo que algunos ya se han lanzado a bautizar como ¡LA SEGUNDA OLEADA!

viernes, 1 de febrero de 2008

Perugia Capítulo XIX: El Kun y los exámenes (en construcción...)

Da igual que estés en otro país. Da igual que tu vida de ahora tenga poco o nada que ver con tu vida de antes. Las épocas de exámenes son épocas de exámenes en Madrid, en Perugia y en Plutón. No quiero ni pensar la que se me viene encima a partir del miércoles. Y como no quiero pensarlo pues me dedico a pensar en gilipolleces. A perder el tiempo como un cobarde. El tema es ser feliz el mayor tiempo posible y cerrar los ojos ante el holocausto que se avecina.

El tema es que cada época de exámenes me da por perder el tiempo con una gilipollez. Ya sé que esto no tiene nada de novedad, pues a ti te pasará lo mismo. Pues nada, haces un blog y lo cuentas. A lo que voy, que la cosa cada vez va a peor. Hace un par de años recuerdo que casi suspendo todo por culpa de un juego de Fórmula 1 que regalaban con los Kellogs. Cutre a más no poder, pero más adictivo que cualquiera de última generación.

viernes, 11 de enero de 2008

Perugia Capítulo XVII: De vuelta (a la no rutina)

¿Os acordáis del síndrome Stendhal del anuncio de Audi?


Ya estoy de vuelta en Perugia. Los primeros días de este año están siendo bastantes distintos de los de la primera llegada a finales de septiembre. Básicamente porque, contra todo pronóstico, ¡he ido a la biblioteca! Ver para creer, señores... Sin duda el ritmo ahora es mucho más relajado, pero también se está mucho más a gusto. No sé como expresarlo, pero en cierta medida es como si me notara más ciudadano de Perugia de lo que me sentía antes. Se vive bien aquí, mucha calidad de vida. Va a ser dura la vuelta a la vida real de Madrid, porque como suelo decir, Perugia no es la vida real.

Y no es la vida real porque es como un campamento de un año. Los campamentos son para muchos una semana o quince días de emociones concentradas que se recuerdan toda la vida. Pues bien, prolonguen esa sensación a un año entero y se harán una idea aproximada de lo que es estar de Erasmus. Encima no un Erasmus cualquiera porque, y perdonenme los que están o han estado en otros destinos, Perugia es la mejor ciudad del mundo para hacer Erasmus (después de Leganés, claro). Vivo en el centro histórico del pueblo, Perugia es de cuento, la gente extraordinaria y con ganas de darlo todo siempre, la oferta cultural (no todo va a ser fiesta) no se acaba nunca, no tengo que trabajar, voy a todos lados a pie y además si te lo montas bien las asignaturas no son ningún drama. Vamos, que esto es un cocktel explosivo que te acerca mucho a la felicidad.

De momento, y toco madera porque siga así, el cambio de casa ha sido un completo éxito. Vamos, que ahora vivo como un rey en mi casa nueva. Es de estas casas que te incitan a ir descalzo y de las que da mucha pereza salir (de hecho hoy, viernes, ni he visto la calle). Me ha costado un poco, pero yo creo que ya he encontrado mi sitio por aquí. Ayer estuve todo el día moviendo los muebles porque no acababa de estar a gusto, pero creo que ya he encontrado la combinación perfecta. 'Tutto a posto', que dicen por aquí. Pero lo mejor es el aliciente tan grande que tiene esta casa. Es un último piso, y mi habitación es una buhardilla con una ventana en el techo. Moraleja: que estoy deseando que llegue el buen tiempo para coger la escalera, salir al tejado y ver atardecer bebiéndome una birra y fumándome un puro a vuestra salud. Soy un romántico, lo sé.

Es que es muy tentador, muy tentador. Aunque me despeñe...

viernes, 21 de diciembre de 2007

Perugia Capítulo XVI: En el aeropuerto de Roma no tienen corazón (y además son unos josdeputa) TERMINADO!!!

Para qué engañarnos, el primer cuatrimestre he sido feliz en Perugia. He tenido mis momentos, pero el 99% han sido risas y experiencias positivas en general. Además, según se acercaba la Navidad, cada vez estaba más hecho a Perugia. Eso es así, que le voy a hacer yo. Tanto es así que cuando iba ayer en el autobús hacia el aeropuerto para volver a Madrid llevaba una cara de gilipollas feliz que la flipas. Feliz por saber que aún me queda mucho tiempo por Perugia. Pensando que esto del Erasmus es como un pastel super tentador al que apenas le he dado unos bocados. Un pastel apetitoso que estoy contemplando babeando antes de hincarle el diente. Pero como siempre pasa, sucedió algo que truncó para siempre ese momento de indescriptible felicidad. Al lío.


Así me sentí en el aeropuerto de Roma: ¡atracado!

Llegamos las españolas a Fiumicino (creo que se escribe así, ya os digo que todavía no sé hablar en italiano) tras cuatro horas de autobús. En los transportes es donde más se nota que Italia es otra cultura. ¿Que quieren subir veinte personas cuando el autobús ya está lleno? Adelante. ¿Qué no has pagado el viaje? Tranquiiiiiilo, ¡ya lo pagarás! La cuestión es no alterarte por nada. Tú, cuando vayas a Italia, la clave es dejarte llevar. Cada cosa a su ritmo. No vayamos a ponernos nerviosos y hacer las cosas mal. En esas estábamos. En un autobús ilegal con una superpoblación de unas veinte personas. Así fuimos hasta que hicimos una parada en un pueblo. ‘Que los que van de pie se bajen, que en cinco minutos viene otro autobús’, dijo el conductor (o ‘autista’ que se dice en italiano, no me jodas). Para mí que lo del otro autobús era mentira podrida. Seguro que los que bajaron se han quedado allí congelados, como los de ‘Viven’.

Mola ir a los aeropuertos con tiempo porque así te puedes fijar tranquilamente en la fauna que por ellos transita. Cuando estábamos comiendo entró en escena un señor con un poco de pinta de vivir entre cartones. Pero para vivir entre cartones tenía mucha clase el tío. El señor, con las piernas cruzadas, sacó una botella de vino y se puso a beberla en copa como un gentleman. Acto seguido, se levanta, entra en una tienda de ropa del aeropuerto y sale con unos pantalones. Queda demostrado que está feo juzgar a las personas por las apariencias. Tras la comida con espectáculo, facturamos el equipaje y nos dirigimos al control a buscar problemas.

Ahora que han pasado unos días para asimilar el duro golpe y que veo los hechos con más perspectiva, empiezo a darme cuenta de que lo mismo yo también soy un poquito gilipollas o, cuanto menos, despistado. Una vez pasado el scanner, viene un gorila y me dice algo de 'tavolo'. Más tarde comprendí que quería decir que pusiera mi equipaje de mano sobre la mesa ('tavolo' en italiano) para, básicamente, joderme la vida. Yo me sentí importante, porque eso de que te abran la maleta te hace sentir diferente al resto. Además se crea expectación a tu alrededor. '¿Qué tipo de drogas llevará ahí dentro?', escuché que comentaban un par de viejecitas entre ellas. Lo bonito del momento se fue diluyendo según veía las pintas de mala hostia del gorila. Por un momento también se me pasó por la cabeza la idea de que dentro de mi maleta hubiera alguna sustancia prohibida. De verdad, hubiera preferido un millón de veces que me detuvieran por llevar marihuana antes de pasar por lo que tuve que pasar.

El gorila empieza a revolver la maleta en busca de la droga. Me empiezo a imaginar cómo será la vida en el calabozo. La empezaba a encontrar casi llevadera cuando el gorila me saca de mis pensamientos: '¿dónde están dos botes que hemos visto en el scanner?'. ¡Acabáramos! Todo el problema se reducía a dos inocentes botes de tartufo (una delicatessen de la zona que había pensado disfrutar con mi familia en estos días entrañables). Yo me pongo guasón, pensando que era un mero trámite: 'Sí, sí, tartufo, buenísimo oiga', le comento al gorila (jugándome un poco la vida, todo hay que decirlo). Cuando me las prometía tan felices, el gorila me dice que uno de los botes de tartufo, el más caro, no podía volar conmigo.

Yo también estoy un poco gilipollas, porque el caprichoso bote de crema de tartufo tenía más de 100 mililitros y claro, según la Biblia, no se puede llevar en el equipaje de mano. Joder, hay que ser consecuentes, lo mismo hago una bomba con el tartufo y la lío. Es que yo también parezco nuevo. El gorila me da un ultimátum: 'O lo tiras o lo facturas'. Atiza. Con la tensión del momento, el choque cultural y demás me empiezo a poner pomodoro y el tio me parece que habla en chino. El gorila ve que estoy sufriendo con el italiano (que no coño, no preguntéis más, sigo sin saber italiano) y prueba en inglés. Yo cuando me pongo nervioso, como si me hablas con gestos, que no entiendo una mierda. La situación me superaba, estaba a punto de ponerme a llorar. Entonces llego Beatriz-intérprete a traducirme al madrileño las palabras del gorila...

Tras mirar la interminable cola del control decidí, con lágrimas en los ojos, sacrificar el bote de crema de tartufo. Nos conocíamos de poco tiempo, pero la nuestra había sido una relación intensa. La primera vez que lo probé entendí que ese botecillo de mierda costara la friolera de 9€. No era fácil desprenderse de él. El gorila aumentó la tensión del momento cuando empezó a humillarme: '¿Seguro que sabes inglés? Porque no lo parece...'. Jodeputa de los grandes el gorila. En otra vida, cuando sea traficante de drogas (es que acabo de ver 'American Gangster') o estrella de rock (ayer fui al cierre de gira de Fito) mandaré que lo maten. A sangre fría. Pero lo peor estaba aún por llegar...

Deshago un precioso envoltorio hecho con mucho amor donde estaba el bote de crema de tartufo y se lo entrego al gorila: 'Toma, por mi como si te lo metes por el culo'. Recuerdo lo que pasó a continuación y, a pesar del tiempo que ha pasado, se me ponen los ojos inyectados en sangre de la rabia que me dio. El gorila, sin mediar palabra, señala una basura en plan: 'Tíralo a la basura tu mismo, que yo soy tan retrasado que sólo me pagan por estar aquí de pie jodiendo la vida a gente honrada que vuelve por Navidad a su hogar con maletas de mano cargadas de ilusiones en forma de crema de tartufo'. Humillado, triste y cabizbajo me dirijo a la papelera y tiro el bote con la misma rabia que si lo tirara a la sien del gorila. La próxima vez, sólo por joder, llevaré en la maleta de mano mil botecitos de tartufo de 99 mililitros...

Disfrutad de vuestras Navidades los que aún podáis porque en casa de los Spaghetti estas fechas, sin tartufo, van a ser muy duras.